Estas páginas
se limitan a tratar ese punto del
discurso. Veremos, en primer lugar,
cómo es considerada la relación
entre la fe en Cristo y la opción
mencionada, luego nos preguntaremos
de qué pobre se está
hablando, y siguen, a modo de conclusión,
algunos apuntes sobre el vínculo
entre evangelización y promoción
humana.
Fe cristológica: fundamento
de la opción por el pobre
Es significativo que esta intervención
ocurra en su primera visita al continente
– y en una relevante asamblea
eclesial – en que esa expresión
nació a fines de la década
de 1960. Desde entonces, esa formulación
y esa perspectiva, de clara raigambre
bíblica, fueron acogidas en
comunidades cristianas, en planes
pastorales, en documentos episcopales
–incluso de más allá
de América Latina–, en
textos de diferentes confesiones cristianas
y en el magisterio de Juan Pablo II.
Pero, en este itinerario, no han estado
ausentes incomprensiones y tergiversaciones,
arreglos de la frase –con añadidos
y supresiones, con el ánimo
de precisar su contenido– así
como resistencias veladas o intentos
de amortiguar sus exigencias.
En esta oportunidad, en un discurso
llamado a tener una gran influencia
en la reunión a la que fue
dirigido, Benedicto XVI habla de ese
compromiso haciendo ver su alcance
teológico: “La opción
preferencial por los pobres está
implícita en la fe cristológica
en aquel Dios que se ha hecho pobre
por nosotros, para enriquecernos con
su pobreza (cf. 2 Cor 8,9)”
(Discurso n. 3) . De ahí vienen
sus dimensiones evangelizadoras y
de compromiso social. En efecto, su
fuente teológica es transparente;
en última instancia, es la
opción por el Dios que se revela
en Jesús. Por eso la hemos
llamado una opción teocéntrica.
Pero conviene decir resueltamente
que afirmarlo no sólo no olvida
que se trata de una solidaridad concreta
y capilar con personas que padecen
una situación de injusticia
y de insignificancia social, sino
que, más bien, le da un sólido
fundamento y una radicalidad evangélica.
Creemos en un Dios que se hace presente
en la historia y valora todo lo humano.
En ese sentido, Karl Barth podía
decir que el ser humano es la medida
de todas las cosas en la medida en
que Dios se hizo hombre. Apelando
a uno de los textos más interesantes
de su encíclica Deus Caritas
est, el Papa Benedicto recuerda que
“amor a Dios y amor al prójimo
se funden entre sí: en el más
humilde encontramos a Jesús
mismo y en Jesús encontramos
a Dios” (n. 15) (ibid). Un poco
más lejos, la encíclica
dice: “Amor de Dios y amor al
prójimo son inseparables, es
un único mandamiento”
(n. 18). Es evidente en estos asertos
la inspiración del texto capital
de Mt 25,31-46 (mencionado explícitamente
en Deus Caritas n. 15) . Pasaje evangélico
central en la reflexión teológica
hecha en Latinoamérica y el
Caribe. En Puebla inspiró el
texto de los rostros de los pobres
en los que debemos reconocer el rostro
de Jesús. Santo Domingo prolongó
el listado y sería valioso
que la quinta Conferencia lo retomara,
teniendo en cuenta las nuevas situaciones
de pobreza y exclusión. Estaríamos
ante una manera fecunda y abierta
al futuro de manifestar la continuidad
entre las conferencias episcopales
latinoamericanas.
La opción por el pobre es un
camino, a través de Jesucristo,
hacia el Dios amor, un componente
fundamental del seguimiento de Jesús,
un signo que anuncia la presencia
del Reino y manifiesta sus demandas.
Es una opción prioritaria,
preferencial, porque el amor de Dios
es universal; nadie está excluido
de él. Sin embargo, no es una
universalidad abstracta, vacía
de contenido: en ella los últimos,
aquellos que viven una situación
de marginación y de injusticia,
contraria a la voluntad de Dios, deben
ser los primeros. De ese modo amamos
como Jesús amó (cf.
Jn 13,34) y hacemos de su testimonio
la pauta de nuestras vidas y de nuestros
compromisos.
Con insistencia el Papa alude a la
perspectiva específicamente
cristiana de la encarnación
como última palabra de lo afirmado.
Así, líneas antes de
la mención de la opción
por el pobre, dice que “Dios
es la realidad fundante, no un Dios
pensado o hipotético, sino
el Dios de rostro humano; el Dios
con nosotros, el Dios del amor hasta
la cruz”. El Dios encarnado
que se entrega “hasta el extremo”
(ibid.) y acepta el precio del sufrimiento
por fidelidad a la tarea de proclamación
del Reino. Un “Dios cercano
a los pobres y a los que sufren”
(n. 1).
Hablando de los valores necesarios
para forjar una sociedad justa, vuelve
sobre el asunto, y sostiene “donde
Dios está ausente –el
Dios del rostro humano de Jesucristo–
estos valores no se muestran con toda
su fuerza, ni se produce un consenso
sobre ellos” (id. n. 4). Se
trata del Emmanuel, otro gran tema
mateano, el Dios con nosotros, a quien
reconocemos caminando, día
a día, tras sus huellas . En
ese orden de ideas, el Papa asevera
–con una expresión que
curiosamente fue acusada, en años
pasados, de inmanentista por algunas
personas– que “el Verbo
de Dios, haciéndose carne en
Jesucristo, se hizo también
historia y cultura” (n. 1).
Uno de nosotros, miembro de la historia
humana y de una cultura. Como nosotros.
Su amor y su entrega total, su anuncio
del Reino y su obediencia al Padre
lo revela, al mismo tiempo, como el
Hijo, como el Verbo de Dios.
En la historia se revela el amor del
Padre. El Espíritu Santo, Espíritu
de verdad, enviado a los seguidores
de Jesús por el Padre en nombre
del Verbo encarnado, debe llevarnos
“hasta la verdad completa”
(cf. Jn 14,26 y 16,13). Esa presencia
en la historia es el basamento del
discernimiento de los signos de los
tiempos. Este es el marco y el sentido
del ver la realidad social e histórica
con los ojos de la fe, presente, desde
un inicio, en el llamado método
ver, juzgar, actuar acogido en la
Gaudium et Spes, y muchos otros documentos
eclesiales.
Es importante precisar que la perspectiva
de fe no aparece recién en
el juzgar; la visión de fe
acompaña todo el proceso, lo
que no quiere decir que no se respete
la legítima autonomía
y consistencia de las realidades temporales
. Actitud que está presente,
y es reclamada, en la práctica
y textos de la Iglesia, eso es lo
que la Gaudium et Spes llama “conocer
y comprender el mundo en que vivimos”.
(n. 4). Las perspectivas que abre
la fe cristiana –transcendentes
e históricas– no pueden
ser puestas entre paréntesis
en la visión de la realidad
cuando se trata de examinar las interpelaciones
a la vivencia y la comunicación
del evangelio. Esto es el abecé
del método, pero eso mismo
nos conduce a un análisis serio
y respetuoso de las situaciones examinadas.
Por el pobre y contra la injusticia
Según se ha precisado desde
hace tiempo, estamos ante una opción
firme y libre, como todas las grandes
decisiones de nuestra vida; especialmente
aquellas que están animadas
por la búsqueda del Reino y
la justicia. Y no frente a algo opcional,
como el adjetivo derivado del sustantivo
opción lo puede hacer pensar
.
Una decisión que debe ser hecha
por todo cristiano, incluso por los
pobres mismos. Es una opción
por los pobres e insignificantes y
contra la injusticia y la pobreza
que los agobia. Son los dos lados
de una misma medalla. Sin embargo,
las cosas no quedan allí; es,
asimismo, un compromiso que debe ser
asumido por el conjunto de la Iglesia.
En ese sentido, Benedicto XVI se refiere
a la Iglesia como “abogada de
la justicia y de los pobres”
(n. 4) y unas líneas después
reafirma: “Formar las conciencias,
ser abogada de la justicia y de la
verdad, educar en las virtudes individuales
y políticas, es la vocación
fundamental de la Iglesia en este
sector” (n. 4). Nótese
la alusión a las virtudes políticas;
“sociales”, dirá
en otro lugar (n. 3).
Pero hay más, y el discurso
lo trae a la memoria igualmente. ¿De
quién se habla cuando se menciona
al pobre? El discurso es claro al
respecto. Se trata de aquellos que
viven en la pobreza real, material,
condición calificada como “inhumana”
en Medellín y como “antievangélica”
en Puebla. Ella constituye un reto
de envergadura a la conciencia humana
y cristiana. El Papa se pregunta,
por eso, cómo puede la Iglesia
“responder al gran desafío
de la pobreza y de la miseria”
(n.4). Se apoya en una cita de Populorum
Progressio, cuyo cuadragésimo
aniversario se celebra este año
y que estuvo muy presente en la Conferencia
de Medellín, para decir que
“los pueblos latinoamericanos
y caribeños tienen derecho
a una vida plena, propia de los hijos
de Dios, con unas condiciones más
humanas: libres de las amenazas del
hambre y de toda forma de violencia”.
Recuerda, en seguida, que la encíclica
“invita a todos a suprimir las
graves desigualdades sociales y las
enormes diferencias en el acceso a
los bienes” (n. 4; cf. PP n.
21).
Situación particularmente grave
que conocemos bien, y que hace de
América Latina y el Caribe
el continente más desigual
del planeta. Grave y, además,
escandalosa, dada la amplia mayoría
católica que vive en él.
Es un desafío a la credibilidad
de la Iglesia católica que,
desgraciadamente, sigue vigente. Se
requiere una gran firmeza en el anuncio
del evangelio y sus ineludibles consecuencias
para todo creyente; así como
una gran dosis de humildad para reconocer
nuestras propias deficiencias y limitaciones
y entrar en diálogo con personas
de otros horizontes en vistas a unirse
en una tarea que “invita a todos”
en la búsqueda de la justicia
social y en el respeto a la libertad
de la persona humana .
El enfoque no da lugar a equívocos,
los pobres que reclaman nuestra solidaridad
son los que carecen de lo necesario
para satisfacer sus necesidades básicas
y que no ven valorada su condición
de personas y de hijas e hijos de
Dios. Al inicio del discurso, avanzando
hacia las causas de esa situación,
advierte que “la economía
liberal de algunos países latinoamericanos
ha de tener presente la equidad, pues
siguen aumentando los sectores sociales
que se ven probados cada vez más
por una enorme pobreza o incluso expoliados
de los propios bienes naturales”
(n. 2) .
Expoliados muchas veces, también,
de su dignidad humana y de sus derechos.
La pobreza, la insignificancia social,
no es un infortunio, es una injusticia.
Constituye una realidad con varias
vertientes, complejidad que está
ya presente en la noción bíblica
de la pobreza, y que comprobamos cotidianamente
en nuestros días. Diversos
factores –y no sólo el
económico– intervienen
en el asunto. Es resultado del modo
como se ha construido la sociedad,
a partir de estructuras económicas
claro está; pero también
de categorías mentales y culturales,
atavismos sociales, prejuicios raciales,
culturales (olvido de los pueblos
indígenas y afroamericanos),
y de género (la mayor parte
de las personas pobres son mujeres)
y religiosos acumulados a lo largo
de la historia. Estamos hablando de
una situación que es fruto
de nuestras manos, por eso en ellas
está, igualmente, la posibilidad
de su abolición. Desde el punto
de la fe las causas de la marginación
de tantos reflejan un rechazo al amor,
la solidaridad, es eso lo que llamamos
un pecado. Hasta esa raíz,
y sus consecuencias, hay que ir para
comprender la liberación total
en Cristo.
La enorme pobreza y lo que la provoca,
la creciente desigualdad e injusticia,
es lo que está en cuestión.
Esto pone las cosas en su debido nivel:
describir y denunciar una situación
de carencia que no permite vivir dignamente
es importante, pero no es suficiente,
hay que ir a las causas de ella, si
se quiere superarla . Es un asunto
de honestidad y de eficacia en el
“combate por la justicia”,
para retomar la conocida expresión
de Pío XI. De no superarse
la desigualdad social, el leve crecimiento
económico que se experimenta
en algunos países del continente
no llegará a los más
pobres.
Llegado a este punto, Benedicto XVI
considera que frente a esa situación,
y desde una perspectiva de fe, “la
cuestión fundamental”
consiste en “el modo cómo
la Iglesia, iluminada por la fe en
Cristo, deba reaccionar ante estos
desafíos”. Ahora bien,
“en este contexto es inevitable
–agrega– hablar del problema
de las estructuras, sobre todo de
las que crean injusticia”. Un
largo párrafo del discurso
está, justamente, dedicado
al punto. Dicho de un modo positivo,
las estructuras justas “son
una condición sin la cual no
es posible un orden justo en la sociedad”.
Tanto “el capitalismo como el
marxismo” las prometieron, pero,
dice el Papa, esas promesas se han
revelado falsas porque olvidaron a
la persona y a los valores morales
(n. 4). Sin lo cual no hay convivencia
social humana y justa.
No toca a la Iglesia establecer esas
estructuras, pero eso no le impide
tener una palabra que decir sobre
cuestiones económico-sociales
. Su tarea es “formar las conciencias”,
lo recordábamos más
arriba, se trata de una posición
clásica que toda teología
que trata de estos asuntos debe tener
en cuenta. No es retraerse y escapar
de la responsabilidad en materias
sociales y políticas . Por
el contrario, insistir en que los
seres humanos y sus derechos como
personas y como pueblos constituyen
el meollo, y la finalidad, de la vida
en sociedad social es algo que tiene
incidencias concretas y precisas .
Lo prueban las dificultades que la
palabra evangélica encuentra,
allí donde es pronunciada,
de parte de quienes ven afectados
sus intereses. Las reacciones que
provocó la predicación
de Mons. Romero, y muchos otros casos
en el continente, dan fe de ello.
Entre las causas de la pobreza el
Papa apunta, igualmente, al papel
que juega la globalización.
Reconoce que dicho fenómeno
tiene lados positivos que pueden significar
logros para la humanidad; pero previene
que ella “comporta también
el riesgo de grandes monopolios y
convertir el lucro en valor supremo”
(n. 2). Una denuncia presentada por
muchos en este tiempo. La situación
internacional condiciona, e incluso
determina, numerosas cosas al interior
de cada nación, su análisis
resulta por eso imprescindible.
Evangelización y promoción
humana
La experiencia de la solidaridad con
el pobre que vive en una condición
inhumana y de exclusión hace
ver hasta que punto el Evangelio es
un mensaje que libera y humaniza y,
por lo mismo, representa un reclamo
de justicia. Benedicto XVI lo expresa
así: “La evangelización
ha ido siempre unida a la promoción
humana y a la auténtica liberación
cristiana” (n. 3). Lo que sigue
en el discurso es el texto, ya citado,
de la Deus Caritas est acerca de la
‘fusión’ entre
el amor a Dios y el amor al prójimo.
La promoción humana no es una
etapa previa a la evangelización,
ni va por cuerda separada de ella.
En las últimas décadas
ha crecido la conciencia del estrecho
vínculo que las liga. En ese
orden de ideas, Juan Pablo II decía
en Puebla que la misión evangelizadora
de la Iglesia “tiene como parte
indispensable la acción por
la justicia y la promoción
humana” (Juan Pablo II, Discurso
inaugural, III,2) .
Benedicto XVI, citando el episodio
de Emaús, recuerda que la Eucaristía
es “el centro de la vida cristiana”
(n.4). En la fracción del pan
hacemos memoria de la vida, el testimonio,
la muerte y la Resurrección
de Jesús. Por ello la Eucaristía
no es un acto privado e intimista,
ella nos convoca al testimonio y al
anuncio de Aquel que es “camino,
verdad y vida” para todos. Ella
“suscita el compromiso de la
evangelización y el impulso
a la solidaridad; despierta en el
cristiano el fuerte deseo de anunciar
el Evangelio y testimoniarlo en la
sociedad para que sea más justa
y humana” (ibid.) . Es signo
de comunión y anticipación
de su realización plena.
La unión con Cristo, reconocernos
en él hijas e hijos de Dios,
nos convoca necesariamente a forjar
la fraternidad y la justicia. Como
se puede comprobar, lo manifestado
en el discurso sobre la opción
preferencial por los pobres no es
una frase al paso, constituye un punto
central de él. Está
ubicado en un entramado pastoral,
social y teológico y de espiritualidad
que hace ver su hondura, alcance y
exigencias. Nos permite también
releer otros temas tocados en el discurso
–brevemente por razones de tiempo
y de coyuntura– que llaman a
profundizaciones y precisiones. Es
una tarea por hacer.
El tema está planteado y puesto
sobre la mesa de la Conferencia de
Aparecida, es, como decíamos
al inicio, uno de los ejes de la continuidad
con las anteriores conferencias episcopales,
en la que el Papa y los obispos han
insistido en estos días. Su
presencia, colocada en la actual situación
que se vive en América Latina
y el Caribe, será de mucha
importancia en la asamblea que acaba
de comenzar.
Sea lo que fuere de esto, profundizar
la perspectiva cristológica
de la opción por el pobre es
una importante contribución
para ahondar nuestra condición
de discípulos y misioneros
y percibir la radicalidad evangélica
del sentido que tiene la práctica
cristiana de la opción y la
solidaridad con el pobre y del rechazo
de la injusticia, en tanto camino
hacia el Padre de todos.
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