Monseñor
José Sánchez, obispo
de Sigüenza-Guadalajara, preside
actualmente y por segunda vez la Comisión
de Migraciones de la Conferencia Episcopal
Española (la presidió
desde 1988 hasta 1993). Fue nombrado
miembro del Consejo Pontificio para
los Emigrantes por su Santidad el
Papa Juan Pablo II el 30 de enero
de 1995 y es también Presidente
de la Comisión «Pastoral
de las Migraciones» del Consejo
de Conferencias Episcopales de Europa
(CCEE) desde el 3 de noviembre de
2006. Su nombre saltó hace
unas semanas a la actualidad por atribuírsele
ciertas críticas a la propuesta
de un «contrato de integración»
para los inmigrantes. El prelado aclara
que sus críticas no se dirigen
a una ley en concreto, sino en general
a la legislación occidental
sobre inmigración: «mientras
no me demuestren que las leyes de
inmigración, llámense
contrato, regulación o como
sea, nacen de anteponer la persona
con sus dignidades y derechos a todo
otro interés, sea político,
partidista, nacional, de grupo o de
bloque, todas las leyes, da igual
quién las haga, nacerán
con el mismo corte: todas serán
de carácter restrictivo, defensivo
y coyuntural». Según
monseñor Sánchez, la
inmigración es para la Iglesia
«una gran oportunidad»:
«una oportunidad de enriquecimiento
y de rejuvenecimiento, de experimentar
lo que es la Iglesia, que lo que la
doctrina proclama, «Iglesia
universal y católica»,
sea realidad en cada pueblo».
--¿Qué actividades lleva
a cabo la comisión de Migraciones
que usted preside? --Monseñor
José Sánchez: La comisión
que presido no tiene carácter
ejecutivo, ni tiene atribuciones por
encima de la Conferencia Episcopal
en la que está integrada. Por
lo tanto, no puede imponer una normativa
a los obispos en las diócesis,
que son los que tienen la competencia
en sus propios territorios. Por lo
tanto, nosotros somos un organismo
de ayuda, de información, de
sugerencias, de animación,
de puesta en común. Estamos
presentes en esta problemática
para ayudar a la pastoral de las diócesis
en ese aspecto. Y frente a la opinión
pública tenemos una voz que
pronunciamos, cuando llega el momento,
siempre bajo la autoridad de los organismos
de la CEE, es decir, la Presidencia,
el Comité Ejecutivo, la comisión
Permanente y la Plenaria. El nuestro
es un cometido de trabajo, y no de
tomar determinaciones. --A grandes
rasgos, ¿cómo se puede
definir la postura de la Iglesia en
torno a la inmigración? ¿Apertura
frente a seguridad? ¿Lo más
importante son las personas? ¿Las
leyes deben ser más o menos
restrictivas? --Monseñor José
Sánchez: La postura de la Iglesia
en esta cuestión viene definida
por la Sagrada Escritura, incluso
en el Antiguo Testamento. El trato
que manda la Ley de Moisés,
los profetas y toda la tradición
del pueblo de Israel con los inmigrantes
extranjeros es para nosotros un precedente,
que después se concreta en
la actitud de Jesús de Nazaret.
Jesucristo incluía a los extranjeros
junto a la atención a los enfermos,
a los pobres, a los encarcelados,
etc., en el catálogo de los
comportamientos por los cuáles
seremos juzgados (Mateo, 25). El trato
que él tuvo con los extranjeros
con los que se encontró en
vida, y lo que dejó determinado
en la Iglesia, que aparece en Pentecostés,
establece una Iglesia en la que no
hay extranjeros. Ése es el
paradigma, el modelo en el que se
encarna la actitud de la Iglesia a
lo largo de los siglos con extranjeros
e inmigrantes. Luego, el modelo se
ha ido concretando en la Doctrina
Social de la Iglesia, que tiene una
tradición ya muy rica con los
precedentes de León XIII en
el siglo XIX, y especialmente en las
encíclicas sociales del Concilio
Vaticano II. Posteriormente se ha
desarrollado como un espacio dentro
de esa Doctrina Social, que bajo el
epígrafe «emigrantes,
inmigrantes, itinerantes» aborda
el mundo de la movilidad humana. Para
ellos la Iglesia pide en primer lugar
un trato especial dado que su condición
es especial, de manera que no puedan
ser discriminados o inferiormente
atendidos con respecto a la población
estable en cuanto a los servicios
de las parroquias, las diócesis,
etc. Es decir, hay que crear estructuras
para atender a la persona dondequiera
que esté. La pastoral de migraciones
nace de la necesidad específica
de crear estructuras, servicios y
agentes que atiendan a las personas
en su condición específica
de no tener un lugar permanente. De
ahí se deducen varios principios:
En primer lugar, que la persona con
sus derechos fundamentales está
antes que la economía y que
los intereses particulares de los
Estados o de los bloques. En segundo
lugar, que los bienes de la Tierra
están al servicio de todas
las personas, y por lo tanto es necesario
compartirlos. En tercer lugar, que
toda persona tiene derecho a emigrar,
es decir, a salir de su casa para
mejorar su condición o la de
su familia, pero también, y
esto es fundamental, tiene derecho
a no tener que emigrar por necesidad,
con lo cual, es obligación
de los Estados garantizar la capacidad
de cada uno de poder desarrollarse
en su propio país. Otro principio
muy importante en la pastoral de las
migraciones y en el comportamiento
de la Iglesia es que en la Iglesia
no hay extranjeros. La Iglesia es
la casa de todos, y por lo tanto,
la acción de la Iglesia no
puede estar limitada exclusivamente
a la «clientela», hablando
en términos comerciales: a
la gente del mismo territorio, de
la misma lengua o incluso de la misma
fe. El ámbito del servicio
de la Iglesia es toda persona humana.
Esto no quiere decir que llegue a
todos la acción de la Iglesia
con los mismos medios y formas. Respecto
a los inmigrantes católicos,
tienen plenos derechos y obligaciones
dentro de la Iglesia, por lo cual
habrá que crear para ellos
estructuras especiales, como las parroquias
personales, agentes pastorales que
hablen el idioma, etc. A los cristianos
de otras confesiones, como los ortodoxos
y los protestantes, entra el diálogo
ecuménico y la participación
en todo lo que sea común. Y
a los de otras religiones y a los
no creyentes, se les incluye en la
acción caritativa, que no puede
excluir a nadie. Ése es, a
grandes rasgos, el esqueleto de la
pastoral de migraciones. --Sin embargo,
la actual explosión del fenómeno
de la inmigración, que comienza
a finales del siglo XX y, concretamente,
en España desde los años
90, es, según muchos demógrafos,
un fenómeno de movimiento de
población sin precedentes en
la historia de la Humanidad. De ahí
han surgido una serie de problemas
de seguridad, de integración.
¿Está llamada la Iglesia,
y de qué manera, a responder
a estos retos? --Monseñor José
Sánchez: Nosotros vivimos en
España un fenómeno que
está caracterizado por tres
signos. En primer lugar, un cambio
de tendencia: hasta hace unos quince
o veinte años éramos
un país de emigración,
y desde 1995 prácticamente
hemos pasado a ser un país
de inmigración. Seguimos teniendo
emigrantes fuera, pero está
claro que el fenómeno que domina
ahora es la inmigración. El
otro signo es la aceleración
con la que se ha producido este cambio.
Hemos pasado de cerca de un millón
en el año 2000 a los cinco
millones que hay actualmente. Y el
tercer signo es la gran pluralidad
cultural, lingüística
y religiosa de estos inmigrantes.
Tanto la Iglesia como la sociedad
tienen que adaptar sus servicios a
este cambio tan rápido, tan
voluminoso y tan diverso. Esto ha
llevado en el caso nuestro a una mejora
de las estructuras, por ejemplo, en
el caso de las Cáritas o de
la pastoral, para adecuarlas a las
nuevas necesidades, y a que nos planteemos
líneas de colaboración
con instancias estatales y privadas.
Colaboración que ha de ser
leal, por una parte, pero también
crítica. Y de ahí la
necesidad de que la Iglesia levante
su voz, una voz profética que
ponga en evidencia los fallos, los
abusos, y que invite a mejorar el
trato a estos inmigrantes, que son
personas con sus derechos y su dignidad.
Esta colaboración no niega
el reconocimiento de la potestad de
los Estados para regular el flujo
de la inmigración, tarea que
corresponde a los Gobiernos y a las
instancias políticas. A nosotros
nos corresponde la pastoral social
y al mismo tiempo colaborar en todo
lo que sea posible. --Sin embargo,
esto plantea muchos problemas a la
hora de ponerlo en práctica,
como por ejemplo las dificultades
a la hora de acoger a los inmigrantes
que llegan en pateras, y la cantidad
de centros caritativos que están
desbordados... --Monseñor José
Sánchez: Es verdad, la Iglesia
cuenta con recursos muy limitados,
pero también hay una gran generosidad,
y ahí está la gran cantidad
de voluntarios y personas dispuestas
a ayudar. En estos momentos la Iglesia
está siendo capaz de multiplicar
sus servicios, de hacer casi «milagros»
con muy pocos recursos económicos.
Pero esto hay que ponerlo al descubierto,
porque está denunciando unos
fallos en las estructuras de acogida
y de servicio y una falta de regulación
de los flujos migratorios, que tienen
que plantearse ya en origen con una
ayuda más generosa al desarrollo
que no están cumpliendo los
Estados, tampoco el nuestro. -Usted
criticó recientemente el llamado
«contrato de integración»
propuesto por algunas administraciones.
Sin embargo, como se está viendo
en casi todos los países de
Europa está triunfando el discurso
de la necesidad de seguridad ciudadana.
Monseñor José Sánchez:
Quiero precisar dos cuestiones: en
primer lugar, no he criticado en sí
el «contrato de integración»
porque no lo conozco. En segundo lugar,
yo no tengo autoridad para pronunciarme
en nombre de los obispos ni de la
Conferencia Episcopal, como han dicho
algunos medios. Esto tiene que quedar
bien claro. Yo he hablado como persona
sensible a estas cuestiones y con
conocimiento del tema, y como obispo
de Sigüenza-Guadalajara. Ahora
bien, yo planteo que esta medida,
lo mismo que otras anteriores, de
uno u otro Gobierno, e igual que otras
que vengan detrás, resultan
insuficientes. No me identifico con
ninguna, porque mi opción es
el Evangelio. Yo sé de antemano,
por la experiencia de lo que ha ido
pasando, que ninguna de las leyes
de inmigración y extranjería
se acerca al Evangelio. No me valen
mientras no me demuestren que las
leyes de inmigración, llámense
contrato, regulación o como
sea, nacen de anteponer la persona
con sus dignidades y derechos a todo
otro interés, sea político,
partidista, nacional, de grupo o de
bloque (llámese Europa). Anteponer
el valor de la persona es hablar de
familia, de vivienda, del desarrollo
de sus países. Si no es así,
todas las leyes, da igual quién
las haga, nacerán con el mismo
corte: todas serán de carácter
restrictivo, defensivo y coyuntural.
En segundo lugar, mientras la inmigración
sea el recurso al que acudimos cuando
necesitamos mano de obra porque la
economía está boyante,
y el elemento que estorba cuando las
cosas van mal, es decir, mientras
los flujos de la economía y
los vaivenes del bienestar nuestro
estén por encima de la solidaridad
internacional y de la ayuda al desarrollo,
serán insuficientes. Demuéstrenme
que exista una ley de extranjería,
por muy europea que sea, en la cual
la persona, sus derechos y su dignidad,
esté lo primero, y exista un
proyecto de ayuda al desarrollo en
los países de origen. Si no
es así, estas leyes son imperfectas
y tengo pleno derecho a criticarlas.
--Respecto a la crisis económica
en la que Occidente está entrando,
¿le causa preocupación?
--Monseñor José Sánchez:
Muchísima. Esta crisis, se
llame así, o desaceleración,
o aceleración de la desaceleración,
está empezando a cebarse con
los extranjeros, algunos de los cuales
llevan aquí poco tiempo, y
habían empezado proyectos pensando
que su estancia iba a ser a largo
plazo. Sobre el aumento del paro de
los últimos meses en España,
la gran mayoría son inmigrantes.
Para ellos sí que ha llegado
ya la crisis de forma patente, ya
no valen eufemismos ni llamar a las
cosas de otra manera. La Iglesia la
sociedad tienen en este momento una
responsabilidad prioritaria en la
atención de estas personas,
que no porque hayan quedado en el
paro y hayan perdido los papeles deban
sufrir quebranto en su dignidad y
en la garantía de sus derechos
fundamentales. La responsabilidad
recae sobre quien tiene el poder de
legislar sobre la inmigración.
Con un desastre como el que estamos
viviendo, de inmigrantes que llegan
como pueden y jugándose la
vida, está claro que es necesaria
una regulación de los flujos
migratorios, porque los que más
pierden con la inmigración
ilegal son los propios inmigrantes.
Pero tiene que hacerse de otra manera.
--La inmigración es un desafío,
un problema, pero ¿es también
una oportunidad? --Monseñor
José Sánchez: Evidentemente
es una oportunidad. Nuestra sociedad
se está enriqueciendo con su
trabajo y sus energías, con
su juventud y con su cultura, que
en algunas cosas será inferior
a la nuestra pero en otras cosas será
superior. En la Iglesia, ellos ofrecen
otra forma de expresarse, otra forma
de celebrar la fe, como los católicos
orientales o los que provienen de
países africanos. Esta es una
oportunidad de enriquecimiento y de
rejuvenecimiento, de experimentar
lo que es la Iglesia, que lo que la
doctrina proclama, «Iglesia
universal y católica»,
sea realidad en cada pueblo. Es la
oportunidad de experimentar lo que
es ser el Buen Samaritano que acoge
al otro, la oportunidad de vivir el
ecumenismo en cada parroquia, de poner
en marcha el diálogo interreligioso.
Es una oportunidad para relacionarnos
de forma distinta con el Islam, con
el que hemos estado permanentemente
en conflicto... Tenemos que darnos
cuenta de que es una gran oportunidad,
y no solo un problema contra el que
tenemos que defendernos. Por Inmaculada
Álvarez
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